Ni empleados ni independientes: ¿Y la promesa del trabajo digital?
Dra. Ingrid Kuri Alonso,
Docente del Colegio de Ciencias Sociales y Humanidades en CETYS Universidad, Investigadora de INNSIGNIA.
En México, miles de repartidores y conductores inician su jornada conectándose a una de varias plataformas disponibles con una sola consigna: "empieza a aceptar pedidos". Es el algoritmo quien da la orden y decide. Ahora, lo inquietante no es solo que las decisiones las tome una máquina, sino que el marco legal que debería equilibrar esa relación de poder parece operar en otra realidad.
Para Dara Khosrowshahi, CEO de Uber, las leyes laborales vigentes son “anticuadas e injustas” porque obligan a elegir entre ser empleado con beneficios y poca flexibilidad o ser independiente con flexibilidad, pero sin protección (The New York Times, 2020). Su razonamiento es tentador. ¿Quién no desearía libertad con seguridad? ¿Quién se opondría a la actualización de leyes pensadas para fábricas del siglo XX? Pero tras esta narrativa progresista hay una pregunta que nunca se formula del todo: ¿libertad para quién?
Tratar de responder a esto implica pensar que el problema no es sólo normativo, sino ontológico. El empleo a través de plataformas ha desdibujado las categorías que estructuraban el mundo del trabajo: patrón, subordinación, jornada, seguridad social. El algoritmo no firma contratos, pero puede bloquear al repartidor que no logre métricas invisibles que cambian sin previo aviso. Los repartidores pueden ser bloqueados por el algoritmo bajo “términos y condiciones” poco claros, genéricos y sin un espacio para su defensa, como documentó Muñoz Cañas (2022) en su columna “15 razones que indignan a los repartidores con Rappi”, para La Silla Vacía,
La libertad de no morir ahogado
Khosrowshahi dice que el trabajador digital "elige" la flexibilidad. Pero esa supuesta libertad se parece más a la necesidad. Por ejemplo, en México, un país donde la tasa de informalidad laboral se ubica cerca del 55% (INEGI, 2025), ser "independiente" puede no ser un lujo, sino la única opción. Elegir entre ser repartidor o chofer en Uber o DiDi y el desempleo no es una decisión genuinamente libre. Es como ofrecerle a un náufrago la posibilidad de flotar o hundirse, y aplaudir que escogió flotar.
En el debate sobre el trabajo en plataformas digitales, es importante evitar visiones extremas. Aunque no hay que demonizar a las plataformas, tampoco hay que idealizar el pasado industrial con sus sindicatos cautivos y modelos excluyentes para millones de trabajadores. Mucho de la legislación laboral mexicana proviene de una época de pensamiento fabril que nunca imaginó la organización del trabajo mediante aplicaciones digitales o apps. Pero tampoco podemos permitir que la solución consista en quedar sujetos a una aplicación que puede “desactivar” a un trabajador sin explicación alguna y sin derecho a la defensa.
El debate de fondo no es entre lo viejo y lo nuevo, sino entre qué entendemos por justicia laboral en el siglo XXI. En Europa se discute la transparencia algorítmica y el derecho a no ser evaluado exclusivamente por máquinas. En Canadá se han propuesto beneficios portátiles que siguen al trabajador, no a la empresa. En México, el Senado aprobó en 2024 reformas que ofrecen avances importantes en seguridad social para trabajadores de plataformas.
Lo que se necesita no es simplemente un nuevo marco jurídico, sino una renovada concepción ética. El futuro del trabajo no está escrito en líneas de código ni en hojas de cálculo. Está en la voluntad política de quienes legislan y, principalmente, en la habilidad de las élites corporativas para admitir que, sin dignidad laboral, no existe innovación sostenible.
Las empresas que apuesten por un sistema más justo no solo obtendrán legitimidad, sino también sostenibilidad en el largo plazo. La fidelidad del empleado del siglo XXI no se obtiene a través de camisetas sin costo y estrellas digitales, sino a través de contratos equitativos, algoritmos auditables y un verdadero compromiso con el bienestar.
Alvin Toffler escribió que el "shock del futuro" vendría de cambios demasiado rápidos para instituciones demasiado lentas. La cuestión es si permitiremos que ese impacto se transforme en un trauma colectivo o, en cambio, lo transformaremos en el estímulo para reconfigurar el trabajo como un lugar donde la tecnología realce la dignidad humana, no la debilite.
Hoy en día, el algoritmo tiene la capacidad de asignar tareas. Aun así, somos nosotros los que debemos establecer valores, esa es y seguirá siendo nuestra responsabilidad.
