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La ventaja competitiva ya no es usar IA, sino saber ejecutarla

Israel Santiago

 

La inteligencia artificial atraviesa una etapa de normalización empresarial. Después de dos años de adopción acelerada, el mercado comienza a enfrentar una realidad menos ligada al entusiasmo tecnológico y más relacionada con ejecución operativa.

El acceso dejó de ser el problema. Modelos generativos, automatización avanzada y plataformas de IA están disponibles para prácticamente cualquier organización. En consecuencia, la conversación corporativa empezó a desplazarse hacia otro terreno: quién logra transformar esa tecnología en resultados medibles.

Para Israel Santiago, presidente de LDM y cofundador de maico, la inteligencia artificial perdió capacidad diferenciadora desde el momento en que se democratizó.

Según explica, las empresas ya no compiten por acceso a herramientas, sino por claridad estratégica, velocidad de integración y capacidad para resolver problemas reales de negocio.

“Hoy cualquier empresa puede acceder a los mismos modelos y plataformas. La ventaja competitiva nunca estuvo en la IA; estuvo en cómo piensas, qué problema decides resolver y cómo integras la tecnología a tu operación”, afirma.

El planteamiento refleja uno de los principales cambios en la madurez corporativa alrededor de IA: la transición desde experimentación tecnológica hacia presión por retorno operativo.

En múltiples industrias, organizaciones que aceleraron inversión en herramientas generativas durante 2024 y 2025 ahora enfrentan cuestionamientos relacionados con escalabilidad, productividad y monetización.

Santiago considera que uno de los errores más frecuentes es iniciar la adopción desde la herramienta y no desde el problema.

En la práctica, esto se traduce en empresas que adquieren licencias, crean áreas de innovación o incorporan especialistas sin definir previamente qué proceso buscan optimizar, qué indicador esperan modificar o cómo medirán impacto financiero.

“El resultado suele ser el mismo: pilotos que no escalan y herramientas subutilizadas”, señala.

Esto modifica el enfoque de inversión tecnológica. La discusión ya no gira únicamente alrededor de innovación o transformación digital, sino sobre gobierno operativo, priorización y capacidad de ejecución transversal.

La presión aumenta porque el mercado comenzó a exigir métricas concretas.

En lugar de medir éxito por cantidad de automatizaciones o adopción de plataformas, las organizaciones empiezan a evaluar reducción de costos, velocidad operativa, eficiencia comercial, optimización de procesos y mejora en toma de decisiones.

Desde esta perspectiva, ejecutar correctamente IA implica mucho más que automatizar tareas repetitivas.

Requiere diagnóstico organizacional, integración entre áreas, calidad de datos y estructuras de gobernanza capaces de medir impacto real en negocio.

“Una empresa que ejecuta bien puede mostrarte cómo impactó resultados, no cuántos prompts generó”, sostiene Santiago.

El reto comienza a desplazarse hacia arquitectura operativa, interoperabilidad y confiabilidad de datos.

En muchas organizaciones, el principal obstáculo ya no es acceder a modelos avanzados, sino integrar sistemas heredados, evitar fragmentación de información y construir procesos escalables capaces de sostener automatización sin comprometer seguridad o control operativo.

En marketing, el impacto es particularmente visible.

La inteligencia artificial modificó radicalmente la velocidad de producción, prueba y optimización de campañas. Sin embargo, también comenzó a generar un fenómeno de homogeneización creativa.\n\nA medida que más marcas utilizan las mismas plataformas, prompts y modelos, el diferencial vuelve a depender del criterio humano.

“La idea no perdió valor; lo que cambió es el terreno donde se ejecuta. Hoy la velocidad de iteración es el nuevo campo de juego”, explica.

El cambio es relevante porque altera la lógica tradicional entre branding y performance.

Durante años, ambas disciplinas operaron bajo métricas, equipos y objetivos separados. Con IA generativa y automatización avanzada, esa frontera comienza a diluirse.

Las marcas ahora pueden iterar creatividad en tiempo real, conectar comportamiento de audiencias con decisiones de contenido y optimizar campañas bajo ciclos de aprendizaje mucho más rápidos.

Según Santiago, el performance marketing del futuro dependerá cada vez más de un branding sólido, mientras que las estrategias de marca necesitarán capacidades permanentes de medición, iteración y optimización.

“El mejor performance va a estar construido sobre un branding sólido, y el mejor branding va a nutrirse de la capacidad iterativa del performance”, afirma.

El debate también está modificando la conversación sobre trabajo humano y automatización.

Frente a narrativas que plantean reemplazo masivo de talento, Santiago sostiene que la IA está absorbiendo principalmente tareas operativas y repetitivas, mientras el valor humano se concentra en interpretación, supervisión y toma de decisiones complejas.

“La IA puede optimizar dentro de un marco, pero el criterio humano define qué se optimiza, por qué y hasta dónde”.

En sectores donde existen variables emocionales, contexto cultural o ambigüedad estratégica, la intervención humana continúa siendo determinante.

La conclusión para la alta dirección es que la siguiente fase competitiva de IA no estará definida por adopción tecnológica, sino por capacidad organizacional.

Hoy las herramientas tienden a estandarizarse rápidamente, la ventaja empresarial comienza a depender nuevamente de factores menos replicables: ejecución, criterio y velocidad para convertir tecnología en decisiones de negocio sostenibles.

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