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La pausa como estrategia: diseñar cómo vivir mientras sueñas

Por Santiago KuribreñaDirector de Marketing y Comunicación de Tecmilenio.

Hay momentos en los que uno siente que algo se mueve por dentro, aunque no sepa bien qué es. No es cansancio ni falta de ganas. Es más bien una intuición silenciosa: algo en la forma en que vivimos, trabajamos y nos exigimos necesita ser revisado.

Gestión
Vivimos en un estado permanente de insuficiencia.

Durante años he intentado cumplir mi propósito como si fuera un proyecto más. Así soy: estructurado, metódico, amante de las listas y los planes. Cada enero abría una libreta nueva, organizaba objetivos, definía tiempos, asignaba recursos. Todo tenía lógica, orden, intención. Era casi un Gantt chart espiritual.

Y al principio funcionaba. Enero se sentía poderoso. Había foco, claridad, avance. Pero con el paso de las semanas aparecía la vida real: proyectos inesperados, cambios de rumbo, nuevas prioridades. Y poco a poco, sin darme cuenta, empezaba a sentir que me estaba quedando atrás de mi propio plan.

Ahí fue cuando entendí algo incómodo: no era que me faltara disciplina, sino que estaba midiendo mi vida con una regla equivocada.

Scott Adams —creador de Dilbert y autor de How to Fail at Almost Everything and Still Win Big— lo explica de manera provocadora: “Goals are for losers. Systems are for winners”. No porque las metas no sirvan, sino porque cuando todo depende de alcanzarlas, vivimos en un estado permanente de insuficiencia. En cambio, cuando construimos sistemas —formas sostenibles de trabajar, pensar y avanzar— el progreso deja de depender de un resultado puntual y se vuelve parte del camino.

Ese cambio de mirada me ayudó a entender algo importante: el problema no era la ambición, sino la forma en que me relacionaba con ella.

Quienes trabajamos en mercadotecnia, vivimos una tensión particular. Nuestro trabajo exige creatividad constante, velocidad, impacto, capacidad de adaptación. Queremos ideas más potentes, más relevantes, más memorables… y casi siempre con menos tiempo y menos recursos. No es una queja; es la naturaleza del oficio. Y una realidad que exige conciencia.

En ese contexto, leer a Byung-Chul Han —filósofo surcoreano y Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades— fue revelador. En La sociedad del cansancio, Han describe cómo la cultura contemporánea reemplazóla disciplina externa por la autoexigencia permanente. Ya no necesitamos que alguien nos presione: nosotros mismos nos empujamos, nos optimizamos, nos agotamos. Y en ese proceso, la productividad se convierte en identidad.

El problema es que, cuando todo se mide en rendimiento, la creatividad empieza a secarse. La energía baja. El propósito se vuelve un KPI más.

Ahí entendí que la pregunta no era qué más quiero lograr?, sino algo mucho más incómodo y necesario: ¿cómo quiero vivir mientras creo?

De esa reflexión nace esta invitación.

No se trata de trabajar menos ni de renunciar a la ambición. Se trata de recuperar el equilibrio entre hacer y ser. De volver a la contemplación —no como pasividad, sino como espacio fértil—. De reconectar con lo comunitario, con el intercambio, con la conversación que nutre. De permitirnos el no-hacer, el silencio, la pausa, porque ahí también se gesta la creatividad.

Y, sobre todo, se trata de desactivar la autoexplotación disfrazada de disciplina, de tratarnos con un poco más de respeto, incluso —o sobre todo— cuando estamos en nuestro mejor momento profesional.

Este año, más que proponerte nuevas metas, quiero invitarte a algo distinto:a diseñar cómo quieres vivir mientras construyes lo que sueñas.

El verdadero reto no es producir más, sino sostener lo que hacemos sin perdernos en el camino.

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