Super Bowl, Bad Bunny y el nuevo mapa del entretenimiento global
Por: Dr. Mayer R. Cabrera Flores, Profesor-Investigador de CETYS Graduate School of Business / Director del Instituto INNSIGNIA en CETYS Universidad.
Cada año, el Super Bowl concentra una atención difícil de igualar: entre 70 y 80 mil asistentes en el estadio sede, alrededor de 127 millones de espectadores en Estados Unidos y una audiencia internacional que eleva su alcance total a cerca de 200 millones de personas. Más allá del encuentro deportivo, el evento se ha consolidado como uno de los mayores espectáculos mediáticos del planeta, y su show de medio tiempo como un fenómeno en sí mismo dentro de la industria del entretenimiento global, donde convergen música, marcas y poderosas narrativas culturales.
No es casual que artistas y empresas aspiren a ese escenario. El show de medio tiempo funciona como una plataforma de validación cultural a escala mundial; su impacto suele superar al del propio partido. En ese sentido, la elección de quién ocupa este espacio, no es solo una decisión artística, sino una señal de las voces, estilos y mercados que han logrado ser protagonistas del entretenimiento global.
¿Escenario multicultural?
Antes de su gira más reciente, Benito Martínez Ocasio, mejor conocido como Bad Bunny, ya se había consolidado como uno de los artistas más influyentes del panorama global. Fue el artista más escuchado en Spotify a nivel mundial durante tres años consecutivos (2020, 2021 y 2022) y en 2025 recuperó esta posición con 19.8 mil millones de reproducciones globales, rompiendo récords y encabezando algunas de las giras más rentables de la industria. Estos antecedentes ayudan a entender su elección como artista estelar del medio tiempo del Super Bowl LX.
Aun así, su designación no estuvo exenta al debate. En un contexto político y cultural polarizado en Estados Unidos, su elección reactivó discusiones sobre idioma, identidad y representación cultural. El hecho de que su presentación sea en español y basada en referencias caribeñas, marca un contraste en un escenario históricamente dominado por expresiones anglosajonas. Esta polémica se conecta, además, con una decisión clave de su gira: dejar fuera a Estados Unidos y Canadá, reforzando la idea de impactar culturalmente desde otras regiones.
Más allá de la controversia, la validez de su elección, hoy se sostiene con evidencias claras del impacto económico, social y cultural de su gira, que comenzó con una residencia de 30 conciertos en San Juan, Puerto Rico, y continuó en diciembre con presentaciones en la Ciudad de México.
De acuerdo con Visa Consulting & Analytics, el gasto en San Juan aumentó cerca de 20% durante los fines de semana de conciertos, con incrementos superiores al 35% entre visitantes internacionales, beneficiando sectores como turismo, comercio y servicios. En la Ciudad de México, donde ofreció ocho conciertos, la Cámara Nacional de Comercio (CANACO) estimó una derrama económica superior a los 177 millones de dólares, asociada al consumo turístico, la ocupación hotelera y la actividad comercial en torno a los recintos. En conjunto, estas cifras muestran que la gira funcionó, no sólo como un fenómeno musical, sino como un motor económico y cultural itinerante, que ayuda a entender la coherencia de su llegada al medio tiempo del Super Bowl LX.
El impacto de su gira no se explica únicamente desde lo económico, sino también desde una dimensión cultural profunda, pues contribuyó a reposicionar a la cultura hispana y a Puerto Rico en el escenario global. Al iniciar el tour con una residencia en San Juan, la isla dejó de percibirse sólo como el lugar de origen del artista y comenzó a proyectarse como un espacio capaz de producir y exportar cultura para el mundo.
La gira también generó impacto en términos de inclusión social gracias a “la casita”, una réplica de una vivienda caribeña instalada como segundo escenario. Al ubicarse más cerca de las zonas de menor costo, esta propuesta acercó el foco de atención a públicos que suelen quedar al margen de la experiencia principal. De esta manera, “la casita” planteó una forma distinta de vivir el concierto y cuestionó, al menos de manera simbólica, la exclusividad que caracteriza a las grandes producciones globales.
Música y reivindicación social
En este contexto, la presencia de Bad Bunny en el medio tiempo del Super Bowl LX promete ir más allá del espectáculo. Representa una oportunidad para mostrar al mundo la huella económica, social y cultural de su gira, además refleja las transformaciones que atraviesa actualmente la industria del entretenimiento a escala global.
Desde la perspectiva de las industrias culturales y creativas, este momento permite comprender cómo una propuesta cultural puede, al mismo tiempo, generar ingresos, contar historias, reafirmar identidades y abrir espacios a públicos históricamente excluidos. Más que un punto de llegada, el medio tiempo del Super Bowl LX funciona como un momento de observación crítica: hasta qué punto estas transformaciones logran sostenerse dentro de un sistema que durante décadas ha definido qué culturas ocupan el centro del escenario y cuáles permanecen al margen.

