¿Aún son reales las marcas? O solo existen para un post increíble
Durante años hemos visto cómo las personas construyen vidas perfectas en redes sociales: cuidadas, glamurosas y editadas para parecer extraordinarias. Hoy, ese fenómeno llegó al branding. Las marcas también viven una doble vida: la que muestran y la que realmente tienen.
En redes sociales lucen impecables. Presentan colores irreproducibles en impresión, tipografías que no sobrevivirían a un bordado y composiciones pensadas más para un reel que para una etiqueta real. Es una versión idealizada, creada para brillar unos segundos en pantalla. Pero no siempre refleja la marca en su día a día.
Este comportamiento convierte a muchas identidades visuales en ficciones digitales: sistemas diseñados para gustar, no para funcionar. Igual que las vidas perfectas de Instagram, existen para generar impacto inmediato. Pero cuando deben convivir con tinta, clima, proveedores, presupuestos o aplicaciones imperfectas, su fragilidad se hace evidente. Se construyen para el impacto, no para el uso; para el like, no para el negocio.
Ahí es donde la estética se desconecta de la función. No porque lo bello sea un problema, sino porque deja de responder al propósito. Una marca que se ve poderosa en redes, pero se desmorona en una señalética revela que no fue creada para operar con coherencia. Y una marca que no funciona en la realidad termina siendo un efecto visual con fecha de caducidad.
En la realidad operativa, la marca enfrenta retos que ningún post anticipa: etiquetas diminutas, bordados limitados, papelería administrativa, presentaciones hechas por equipos no diseñadores, señalizaciones expuestas al sol, adaptaciones rápidas con poco margen de error. Ahí es donde una identidad sólida demuestra su valor.
Por eso, el verdadero desafío no es crear marcas más espectaculares, sino más reales. Marcas que sean sistemas, no escenas; herramientas, no adornos; identidades que se reproduzcan con claridad y sin fricciones. Lo diseñado tiene el objetivo de perdurar en el tiempo, lo que reduce el costo de reinventarse cada vez que cambia una tendencia.
Muchas marcas nacen en manos de diseñadores expertos, pero cuando llegan a equipos menos experimentados, su estructura se derrumba. No por falta de talento, sino porque no fueron pensadas para ser entendidas y reproducidas con facilidad. Esa fragilidad revela una desconexión entre intención y ejecución.
Al final, la verdad siempre alcanza a la ficción. Las tendencias pasan, los algoritmos cambian. Lo que permanece es lo que funciona. En un mundo saturado de apariencias, diseñar marcas claras, sólidas y reproducibles no solo es necesario: es una forma de construir valor real y duradero.

