Durante años, las redes sociales han impulsado una estética idealizada que ahora contamina al branding. Muchas marcas construyen identidades visuales pensadas para el impacto inmediato en pantalla, pero frágiles frente a la realidad operativa. La desconexión entre diseño y funcionalidad revela una verdad incómoda: lo que no se puede reproducir con claridad, consistencia y propósito, no construye valor duradero. En un entorno saturado de apariencias, las marcas deben ser sistemas sólidos, no ficciones digitales.